jueves 19 de noviembre de 2009

Los que no tienen adónde ir



Para Ale, por haberse equivocado tanto.


A veces los viajes no son lo que parecen. Son estáticos y reiterativos. Son caminos que pueden reducirse a las líneas dibujadas en las palmas de las manos y, que por ese mismo motivo, sus destinos no son exactos, son complejidades que se pierden en un mundo difuso.

Nunca llegábamos al río que se reflejaba en el asfalto. Los neumáticos del auto parecían derretirse. La desolación quemaba. El calor nos aturdía. Los tapizados se incrustaban en la piel. Y la ventanilla del Fiat 1500 que no bajaba. Realicé extrañas contorsiones para aprovechar el viento que como un leve soplido entraba por el ventilete. Cerré los ojos: pensé en un ventilador, en un vaso de agua con hielo.
No perdí de vista el reloj de la temperatura afirmado en el tablero del coche. Íbamos callados y adormecidos por el verano. Después de las frenadas se escuchaban los golpes del bamboleo de los troncos guardados en el baúl. Habíamos amarrado una remera a la punta del tronco que sobresalía y, fue así como, quedé destinada a la tarea de cuidar el bamboleo de la carga, a observar de manera obsesiva los cambios de temperatura que podían registrarse en el reloj.
Adquirimos una velocidad crucero: sesenta kilómetros por hora. A esa misma velocidad transcurrían nuestras vidas hasta que comenzaban a declinar, a fallar, a sofocarse como un motor ahogado, como un auto viejo que apenas puede con su carrocería.
A través de las rendijas se colaba una brisa caliente que, de todos modos, servía para refrescarnos, pero de repente, como suele suceder con este tipo de cosas, digamos; en cosas por el estilo, como puede ser: ir atento buscando y buscando para encontrar objetos que nos despisten o acercarse a la conclusión de que no se trata de cubrir una necesidad sino simplemente de sabernos arduos en la tarea de buscar y, lo que es más complejo, competentes para hacerlo, aunque después sólo haya un trozo de pan duro.
En esa ocasión, fue una mesa de televisor dispuesta elegantemente junto al poste de luz en la vereda de una casa. Era una mesa pasada de moda, cubierta de formica gris, con una estructura metálica oxidada y unas rueditas dobladas al final de las patas. Los tres la habíamos visto al mismo tiempo, digo esto, porque seguro que después todos tenemos la intención de adjudicarnos el descubrimiento de la mercadería. Lo único que habíamos atinado a hacer, fue una exclamación al unísono, frenar el auto, y quedarnos observando la mesa por un instante.
La cargamos con eficiencia y rapidez en el asiento de atrás. Las seis manos la levantaban al mismo tiempo, al mismo ritmo, con un fervor y una devoción propia de un santo. La santa mesa en la religión de los que buscan, de los que insisten en ir de un rincón a otro pero no tienen por dónde sacar la cabeza.
En el viaje conversamos sobre los distintos usos y fines del hallazgo: el carrito multiuso, un amplio macetero, el refugio para el perro, la muralla divisoria, la repisa para exhibir la decadencia.
El hallazgo nos despabiló de la modorra. El auto se deslizaba veloz sobre una pista de hielo. Los troncos habían dejado de moverse y nuestros cuerpos se iban deshinchando. Los tres pensábamos en una cerveza fría. Bien fría.
Cuando volví la vista hacia el reloj, la temperatura había aumentado cinco líneas. Pensé que si esperaba podría suceder un milagro: el tiempo regresaría para seguir hablando de la mesita y fumaríamos nuevamente unos cigarros a grandes bocanadas.
Si daba aviso sobre el estado del reloj, Pablo comenzaría con los insultos, daría un manotazo hasta que las agujas marcaran lo imposible, bajaríamos los tres del auto. Pablo abriría el capó, tocaría los cables, las mangueras engrasadas, esperaríamos durante horas sin tener la más mínima certeza de qué cosa esperábamos.
Y sí... me callé.
Veníamos del Oeste hacia el Oeste. No teníamos opción, por eso habíamos ocupado una casa en Villa Udaondo, pero las cosas se complicaban para salir del Barrio. En las calles de tierra confluía cumbia villera, chamamé, hip hop y rock and roll, todo esto daba origen a un nuevo ritmo enloquecido que incitaba a la fiesta descontrolada del fin de semana.
A veces, esperábamos que llegara Olga con el Falcon a visitar a su hermano. En otras ocasiones, nos movilizábamos con el Fiat de Pablo. Era importante tener ciertas cosas en claro a la hora de subir al auto: los pies debían ir ubicados cerca de los zócalos, las puertas no podían abrirse desde adentro, el vidrio del acompañante no bajaba, el motor levantaría temperatura, el limpiaparabrisas no funcionaba. Los días de lluvia frotábamos una papa pelada por el parabrisas y esperábamos que el almidón nos sorprendiera.
El reloj me torturaba, si bien nunca se dijo, de alguna manera quedó establecido que el acompañante debía vigilar los cambios de temperatura. Evalué la situación; ya era tarde para avisar lo que estaba pasando. Dudé, pensé que todavía estaba a tiempo de decirlo, pero decidí concentrar mi atención al bamboleo del tronco, a cuidar que la remera no quedará por el camino, a hablar con Fer sobre las cañas de bambú. Fer parecía estar muy lejos, salvo cuando encendía un cigarrillo y acomodaba su cuerpo abrazando la mesita, fue en ese momento, cuando comencé a intuir que Fer ya pretendía cierto dominio sobre el mueble.
Nunca habíamos tenido vivienda, ni rumbo fijo. A veces, acunábamos un bolso en los innumerables viajes que comenzaban con desbordante entusiasmo. A veces, hacíamos simples complicidades con simulacros para continuar y que alguien nos diera una mano.
Pablo había estado viviendo en La Boca durante meses, antes de llegar a la Villa. Durante ese tiempo ocupó un pequeño ph colmado de humedad, con caños que se desangraban dentro de las paredes. Se atrincheró en la propiedad para que un grupo de inmigrantes no tomaran la casa y tapó las aberturas con maderas. En la noche permanecía despierto a la escucha de cualquier intento de usurpación. Dejó la propiedad cuando enfermó de fiebre reumática y los peruanos, finalmente, entraron por la ventana del comedor.
Mientras Pablo viajaba por el Norte, en ese verano, yo buscaba un lugar donde quedarme. Estaba cansada de arrastrar los bolsos por la ciudad, había encontrado una habitación con un balcón francés en Congreso. Los que llegaron a conocer me decían: “tuviste suerte, esto es un palacete”, y no se habían equivocado. El baño era compartido pero en la habitación instalé un anafe y estiré una soga en el balcón para colgar la ropa; ése fue el problema. ¿Quién puede creer que una soga de dos metros y medio fuera el desencadenante del desastre? No quise bajo ningún motivo, ya fuese por reglamento de la pensión o por pedido especial del encargado, por artículo en el código de convivencia de inquilinos, por ética o estética del edificio; desarmar el tendedero. No podía resignarme a dejar de ver la ropa colgada, agitándose en el viento, esplendorosa bajo el sol. No quise y no pude quitar la ropa, juntar los broches, enroscar la soga, darme por vencida.
Terminé en un hotel sobre la calle Independencia, pero tuve que dejar el lugar por no cumplir con las normas de la Administración. Y en esa ocasión, no fue el tema de la soga porque no había balcón, ni ventana, apenas un boquete en la pared.
Lo que pasa es que los que no tenemos adónde ir, vamos a cualquier rincón, pero no dejamos un solo espacio sin habitar. Probamos debajo de las escaleras, en los cajeros automáticos. Los que no tenemos adónde ir, vamos a todos lados, nos movemos para contrarrestar ese principio de quietud. Pero es agotador y triste no saber dónde resguardarse cuando el movimiento se hace continuo y demencial. Los que no tenemos adónde ir, llevamos un mapa desplegado en la pupila y la melancolía de abandonar lugares a los que nunca se llega.

El problema es que todo el mundo se aburre del itinerante, no entienden esa acción constante de buscar y, al mismo tiempo, no buscar nada. Es incómodo ver cómo una persona frecuentemente guarda ropa dentro de bolsas, acomoda frascos en una valija, estira un saco con magas sucias, se olvida el cepillo de dientes, lleva las medias junto a las monedas. El itinerante es un ser reflexivo por naturaleza. Evalúa incansable lo que realmente necesita y lo que lleva. Estima el peso y la superficie de todo lo que cae en sus manos: un libro, un paquete de yerba, el recuerdo de dos caracoles, la ropa interior, unas botas de invierno, las chancletas de verano, las fotos del 92 en las toninas.

Nadie supo de dónde venía Fer, cuando hablaba tenía un acento santiagueño, pero una noche confesó que había nacido en Misiones. La verdad es que no tenía importancia porque los que no tienen adónde ir, terminan quitándole importancia a la procedencia, es un método indispensable para explicar que aquello que no tiene desembocadura tampoco tiene punto de origen. A lo mejor, desde un plano crédulo, había que profesar el budismo que Fer practicaba, por eso ese transcurrir, ese ir y venir sobre rieles a sitios desconocidos, esa adrenalina de viajar sin saber en qué sitio se está cuando se desciende. Fer se alimentaba de vegetales y había dejado las drogas para las situaciones de convite. Fer trenzaba pulseritas, cinturones, aros, colgantes, collares, carteras, corbatines, morrales: era una máquina de trenzar, todo lo trenzaba: el destino, los caminos, las historias. Trenzaba de día y de noche, mientras tomaba mate o fumaba. Lo cierto, era que Fer estaba feliz de haber llegado a Buenos Aires, mientras nosotros lo único que queríamos era abandonar la ciudad lo antes posible.
El auto dibujó la rotonda y los tres acompasamos con el cuerpo esa delicada inclinación. La distancia siempre fue lo de menor importancia, sin embargo, parecía que faltaban interminables horas de viaje. Comencé a medir el tiempo a través del reloj de la temperatura, la distancia y los puntos cardinales. Me sumergí en cálculos inútiles. Supuse que Fer podía ver el reloj desde su ubicación en el asiento de atrás y esperaba que, en algún momento, dijera algo, así que decidí despistarlo. Hablé más que de costumbre, coloqué el bolso sobre mis piernas para impedir que pudiera visualizar el reloj. La transpiración se apoderó de mi cuerpo, la culpa me invadía. A partir de ese momento, sería la culpable de sus desdichados destinos.
Parecía que Pablo se había olvidado del reloj, o tal vez, me había delegado esa tarea y yo lo traicionaba. Una loma de burro nos revolcó en los asientos. Pablo se ensañó con la madre de la loma. Era posible que empleara las mismas palabras para declararme inepta en mi tarea.
Después de revisar nuevamente la situación deduje que lo mejor sería despojarse de ese maldito reloj. Me felicité por tener la osadía de desafiar esa tortura que me había sido impuesta por el sólo hecho de ir sentada junto al conductor. Creo que cerré esa cadena de pensamientos cuando llegué a la conclusión de que no podíamos cambiar lo inevitable.
Fer encendió otro cigarrillo. Sin decirnos una sola palabra ambos supimos que coincidíamos con la decisión de abandonar el reloj y eso nos llevo a formar una especie de complicidad entre nosotros. Ninguno de los dos arrojaba el humo por la ventana sino que lo echábamos adentro del auto y Pablo se molestó.
Pasamos el cartel verde que indicaba las direcciones, como si nos hubieran bajado un banderín, para declararnos fuera de carrera. El motor humeaba. El humo inundaba la cabina. Miré desesperada el reloj; la aguja había quedado clavada en esa línea ancha y roja que significaba que ya no podíamos seguir. Pablo descendió del auto, pateó la puerta, estiró los brazos hacia el cielo y, luego, los ubicó detrás de la cabeza. Fer y yo esperábamos que esa ceremonia pasara lo más pronto posible. Empujamos el auto hasta el cordón de la avenida y nos sentamos los tres en la vereda esperando algo. Esperábamos tan fervientemente algo que, todavía, no podíamos discernir con certeza.
Pablo no dijo nada sobre el tema del reloj y Fer fumaba un tabaco dulce. El silencio invadió los cuerpos en la desolación de la calle, y yo me quedé mirando hacia atrás: el río ya lo habíamos cruzado pero, por ese entonces, aún no lográbamos comprenderlo. Más adelante, estaba la curva y, después, el mismo camino de siempre hacia ningún lugar.



(1er. Premio IX Concurso Cuento Breve Babel 2009.
Jurado: Laura Escudero, Julio Castellanos, Yamila Grandi)

jueves 29 de octubre de 2009

El libro de las hormigas (Nota Diario Compromiso)

http://periodicocompromiso.com.ar/actual/cultura_1.html
(ingresar a nota de Norah Lorenzo)


"EL LIBRO DE LAS HORMIGAS" DE VALERIA ZURANO
Se presentó el sábado 3 de octubre en el Centro Cultural La Antigua Imprenta de Haedo, el nuevo libro de la escritora de Castelar Valeria Zurano.
Por Norah Lorenzo

Este es el quinto libro que Valeria Zurano edita, anteriormente ha publicado "Barco en Llamas" (poesías y cuentos) "Las Damas Juegan Ajedrez" (Poesía en prosa) "El Gran Capitán-Crónica de un viaje al Litoral" (Poesía en prosa) que fue editado en Chile por Ediciones Cortina de Humo y patrocinado por la Agrupación de Escritores Ricardo Latcham, en Enero de 2008 y"Operación Claridad". Ha recibido varios premios entre ellos Primer Premio Poesía 2008 Concurso "Leopoldo Marechal", Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Morón, Segundo Premio Concurso Nacional de Poesía "Alejandra Pizarnik" de Asociación de Escritores Argentinos ADEA, 1994 y Primer Premio de Poesía Concurso Dr. Alberto Luis Ponzo de la Universidad de Morón.En esta ocasión he tenido la dicha de poder presentar junto a Gregorio Angelcos , poeta y escritor chileno, el nuevo libro de Valeria. Tarea fácil por un lado porque es una poeta que admiro y respeto. Pero a la vez difícil como resulta cualquier abordaje en la poesía. Ya que la subjetividad es lo que prima y la necesidad de situarse en el lugar de crítico o analista literario no es una tarea sencilla frente a lo poético.La creación de universos poéticos nuevos es posible cuando la mirada prospéctiva- la que define y estructura- se da sobre la base de una mirada única, primera y despojada al máximo del lastre conceptual. "El libro de las hormigas" posee esa cualidad de mirada nueva, única y despojada de cualquier forma denotativa del lenguaje.El libro de Valeria ofrece un universo metafórico distinto porque crea y le da voz a un mundo desconocido a un origen y una vida unívocamente intraducible. El cumplimiento del ser poético tiene lugar a través de una integración en la cual la metáfora de la vida y la existencia juega un papel primordial.Toda metáfora decía Nietzsche es "un error óptico necesario", es penetrar en los lugares donde la palabra es tan callada que no adquiere forma cierta, porque ya no es necesaria. En eso consiste el trabajo metafórico que Valeria ha creado, nos conduce con su voz a la conciencia de la desnudez inicial y fundamental y con ello a la angustia y al desamparo a través de esta vida de hormiga tan parecida a la vida de los hombres.La propuesta con sus hormigas es reducir y recrear la acción metafórica al génesis. El ser es otro y a la vez no, por eso la metáfora juega un papel esencial, tanto para la emergencia del contenido como para la configuración de la red de sentidos.Desde el nivel del significante la transgresión es sobre la transgresión misma. Poesía, relato, narración en verso irregular, jadeo continuo, son el síntoma de se sobreesfuerzo en el que la voz emerge desde una situación de asfixia, la de ser otro y a la vez el mismo. El libro está dividido bajo diferentes títulos, el primero "Los trabajos y la justificación del destino" que lleva un epígrafe de Olga Orozco, da comienzo al asombro y la extrañeza. Hay un hado final que debe ser entendido para ingresar a un nuevo destino, a un universo diferente, el de hormiga. "Este no es el mundo que habíamos soñado" dice, asombro y extrañeza, provocan la detención del acto ante lo desconocido, son como una petición de tiempo para establecer nuevas coordenadas.Así todo se vuelve icónico, es lo que es, pero no; quizás una alegoría de la vida misma desde el subplano simbólico.La voz poética intenta desentrañar entonces el asombro "es el miedo a que puedan reconocerme y me exilien" expresa. Por eso para comprender el misterio de ser hormiga, para ser ese otro, debemos ingresar en el juego de la metáfora. Es entonces cuando nos encontramos en "Los días y las mentiras necesarias" que lleva un epígrafe de Andre Gide. Ahora ya conocemos el destino, dice la voz poética de Zurano "igual que ellas, en un mundo ajeno, en el mundo de otros". Somos iguales pero a la vez tan diferentes. "El libro de las hormigas" nombra, en el sentido de dar existencia, esto es, sacar del ser oculto y misterioso, innombrado, sin voz, al ente: lo visible. Develar en palabra poética hurgando en las profundidades para desentrañar aquel fondo de donde surge el ser. Por eso expresa "una metáfora podría salvarme y lo supe/ la invención de un instante en este tiempo que está enteramente tomado."En este universo metafórico también se hace visible el amor, en la tercera parte "Las noches y la búsqueda del amor". Pero esta búsqueda no es igual a cualquier encuentro de amor, es otro que se convierte en herida, es un espacio que se abre y se manifiesta en las entrañas. Ha sacado de sí la realidad, el afuera, ahora también puede ser en el otro. Pero ese mundo de hormiga ya no es extraño, es propio y eso lo hace una herida más profunda, porque en este universo hormiga la imposibilidad del amor es una certeza: "nos habían condenado a la falta de amor" dice en uno de los poemas, y en otro "teníamos en nuestra lengua/ la insignia del silencio hecho espiral". El último título que separa los poemas se llama "Las muertes y el fin de las máscaras". Hemos llegado al final de esta vida de hormiga, nada es seguro ahora. Todo es caos, tal vez sueño doloroso, pero no hay forma de escapar, la muerte acude siempre, silenciosa, esperada como en cualquier vida de hormiga.Muchos tenemos el "mal de las hormigas", como dice la voz de Zurano, "esa desesperación en la médula, esa inquietud incontenible", por eso leer este libro se hace imprescindible antes que el castigo nos caiga como un relámpago y el rayo de la tristeza nos atraviese el cuerpo, parafraseando a Valeria Zurano en el final de su "Libro de las hormigas".

Como la hormiga a la cual le saltan sobre su lomo, y se alegran
así serán castigados tu espalda y tus ojos cuando dejen de ser útiles
cuando de tus manos ya no salga la gracia para recortar el tallo verde e indefenso
los brotes mejor pagos en el mercado de los insaciables.
Publicado en el Diario Compromiso, Noticias de Haedo. Octubre de 2009

jueves 22 de octubre de 2009

El libro de las hormigas

(Gregorio Angelcos-Valeria Zurano-Norah Lorenzo)
Por Gregorio Angelcos
El proceso poético de Valeria Zurano desde el año 2007, año en que nos conocimos hasta la fecha, ha ido creciendo y se fortalece en el tratamiento del texto. Su lenguaje estético es duro, golpea y provoca un impacto por la reproducción simbólica de ciertos segmentos de la realidad, que pasan desapercibidos para nuestra mirada cotidiana sobre el entorno en el que vivimos. El hombre transita en estado de inconsciencia, casi ciego ante la problemática en la que está inserto, mira pero no ve, porque ha perdido la agudeza y la sensibilidad frente a su propia vida y a la vida de los que coexisten en la ciudad.
El filósofo Jean Paúl Sastre establece en su obra “El existencialismo es un humanismo”, tres categorías del SER: el Ser en sí, el ser para sí y el ser para con los demás. En términos generales, el sujeto que reside en los espacios diseñados por la arquitectura de una urbe, se ha desintegrado. Vive disociado entre la materialidad capitalista que es en esencia la que nos propone el neoliberalismo contemporáneo, y la necesidad de crecer como persona.
Un permanente conflicto entre lo exógeno y lo endógeno. Su realidad externa con su vida interior no converge, porque la modernidad lo ha sumido en la vorágine del trabajo, los desplazamientos y la lucha por la subsistencia, porque necesita el dinero como una finalidad urgente. Por esto, el hombre de la ciudad se detuvo en la primera categoría Sartriana, el Ser en sí. Su cultura es predominante biológica, come, habita, consume, y ese consumo lo consume, hace que desaparezcan otras variables para su progresión, como es el gusto por la belleza, una ampliación de los sueños, un reconocimiento consciente de la plaza en que habita, una postura rebelde y enérgica frente a las inequidades que asumimos como naturales, y por esto, le restamos importancia.
Bueno, Valeria Zurano, trasciende lo estrictamente biológico, sale de sí misma y razona vinculando sus tres categorías, desde su propia identidad, porque no todos la tienen y muchos la han perdido, que es su estructura sicosomática, va percibiendo estos mínimos detalles, paradójicamente tan grandes, tan humanos, enriqueciendo su vida con su experiencia individual, la que potencia su condición de poeta, y luego el compromiso sensible con los otros, que son anónimos, distantes, lejanos, pero que intervienen nuestras vidas con su sola presencia en las nuestras.
Su condición humana se caracteriza por la agudeza con la que asimila la realidad, por una parte, y la forma específica con la que procesa la información, lo que determina un perfil de escritura a partir de los contenidos de su obra, marcando un estilo que la distancia de la poesía intimista, en el que el poeta idealiza sus propios lamentos marcados por su dolor, su amor o sus fracasos.
A Valeria le incomodan las injusticias y los estados de enajenación del hombre, la sumen en una rabia creativa, así nos sorprendió con la publicación de su libro: El gran Capitán, un discurso poético de denuncia sobre el tránsito de un tren que inicia su recorrido en Buenos Aires llegando a su destino en la frontera con Paraguay. Es un relato, una crónica de una gran profundidad existencial, que conmueve a medida que uno viaja a través de la lectura.
Hoy nos presenta El Libro de las Hormigas, poética en la que hace una analogía entre la vida de los insectos con la vida de los seres humanos que integramos estas sociedades contemporáneas.
Los insectos se perciben como humanos y los humanos como insectos. cito unos versos del libro: Una hormiga está destinada a no soñar / como muchos de nosotros / está destinada a no saber de si misma / a erradicar lo que en algún momento / los sentidos evocan.
Las hormigas no hacen canciones / tampoco conocen la verdadera / amenaza de los pasos sobre sus cabezas / una hormiga está destinada a no ser soñada jamás / como muchos de nosotros.
Y es que en la poética de Valeria predomina el texto sobre el hablante lírico, ella transita desde su anonimato entre miles de seres desconocidos que caminan, se cruzan, no se miran, se trasladan con sus ojos mirando casi siempre al esqueleto, casi nadie tiene conciencia de su existencia, pues la lucha por la subsistencia los devora, aniquila sus peculiaridades más esenciales convirtiendo su condición humana en masa acrítica; entonces aparece la voz de la poeta para develar la sumisión colectiva, son hormigas desprovistas de sentido de solidaridad, incluso las observa inertes, estáticas, con dinámicas muertas, el movimiento de sus vidas no evoluciona, entendido este término como una búsqueda por el crecimiento, el devenir es la muerte, y entretanto, no aparecerá la vida en todas sus dimensiones, no habrá sensibilidad, no se agudizarán los sentidos para percibir la belleza. Es la inconsciencia desprovista de todo sentido ético y estético.
El libro de las Hormigas es un alegato en contra de la deshumanización de la vida, es una nueva forma de hacer política desde la poesía, un rechazo al modelo económico de fundamento neoliberal, donde el rol de los objetos es más prominente que la realidad de los sujetos.
El mercado determina el funcionamiento de la vida colectiva, y los valores son una mera anécdota de un tiempo pasado; Valeria hace un diagnóstico de estos malos síntomas de la sociedad contemporánea a través de una representación imaginaria entre sociedades carentes de cerebros, funcionales, y sin mucha capacidad de observación crítica.
La primera, la de las hormigas, laboriosa, un poco mecánica, pero de colaboración, instintivamente solidaria y de funciones compartidas, con una división del trabajo destinado al perfeccionamiento de las funciones sociales, la otra, la humana, disgregada, castrada de sus afectos, agresiva en el tipo de relaciones, ausente de cualquier propósito dirigida hacia una felicidad más plena.
Valeria nos propone una obra que nos despierta de esta pesadilla que es la modernidad que no escogimos, invitándonos a transformar las relaciones humanas, y de paso, a transformarnos para vivir en un paisaje de un atmósfera donde el amor y los sueños constituyan un patrimonio del hombre que vaya más allá del mecanicismo materialista que nos propone el capitalismo.

miércoles 2 de septiembre de 2009

EL LIBRO DE LAS HORMIGAS

de Valeria Zurano


Se presentará el día Sábado 3 de Octubre de 2009 a las 20.30 hs. en el Centro Cultural La Antigua Imprenta, ubicado en Av. Rivadavia y Estrada (calle del túnel), a tres cuadras de la Estación de Haedo.

Comentarán el libro: Norah Lorenzo (Buenos Aires) y Gregorio Angelcos (Chile)

Lectura de textos a cargo de la autora.

Brindis de honor.

Esperamos contar con su presencia.

“Como la hormiga, a la cual le saltan sobre su lomo, y se alegran
así serán castigados tu espalda y tus ojos cuando dejen de ser útiles
cuando de tus manos ya no salga la gracia para recortar el tallo verde e indefenso
los brotes mejor pagos en el mercado de los insaciables.”

Editado en Mayo de 2009 por Ediciones Cortina de Humo, Chile.

lunes 22 de junio de 2009

OPERACIÓN CLARIDAD


Operación Claridad fue editado por Ediciones Ramos Conspira en Junio de 2009, en Buenos Aires.
Este libro ha obtenido una mención en el II Concurso Todo Poético 2009.
Se encuentra disponible en versión pdf para bajar el libro completo en la dirección:


A modo de Prólogo o Introducción sobre Operación Claridad



No es de mi agrado esbozar una especie de prólogo o suerte de introducción explicando lo que uno mismo escribe, sin embargo, estas palabras tienen la certera intención de reivindicar la memoria de la infancia. Ésa que a veces es cuestionada o puesta en duda por el mundo de los adultos. Como si los adultos fueran los únicos capaces de atesorar recuerdos veraces. Es más, los acontecimientos y las percepciones que se consolidan en la infancia forman parte de los mitos indispensables para la construcción de un ser reflexivo, capaz de construir un diálogo interior rico y auténtico. Si la memoria estuviera liberada de compuertas y represiones podríamos ir más allá del recuerdo, tal vez, llegar a ese espacio donde el tiempo no existe.
Visitar el pasado nos permite encontrar respuestas sobre preguntas que se enuncian en el presente. El tiempo pertenece a los niños, justamente porque es la etapa de nuestras vidas en la que menos conciencia y formulación tenemos de él.
El psicólogo alemán Carl G. Jung, dice: “El tiempo es un niño que juega como un niño. Yo soy uno pero contrapuesto a mi mismo, soy joven y viejo al mismo tiempo...”

En este libro emprendí el viaje de la remembranza. Es decir, que no sólo invoqué el pasado, sino que viajé hacia él, fui a su encuentro y permití que también él se desplazara hacia mí.
La memoria de aquellos momentos es fidedigna, probablemente porque la sensibilidad de un niño es diáfana, y goza de cierta despreocupación en cuanto a obtener algún interés provechoso de los hechos.
Inevitablemente el tiempo hace lo suyo, la memoria termina sufriendo ciertos desgastes naturales, sin embargo, hay una reminiscencia innegable que está unida por fuertes cuerdas al espíritu. La poesía es uno de los caminos para refrescar y recobrar los tiempos que algunas veces parecen postergarse.

En los días de mi niñez, mis padres y yo, vivíamos en un pueblo llamado Sierras Bayas, ubicado en la Ciudad de Olavarría, al Sur de la Provincia de Buenos Aires. Allí, la mayor parte de las personas trabajaban en la producción de cemento. La fábrica dividía a la población en sectores. Nosotros vivíamos en el sector bajo de la ciudad, desde ese lugar pude comenzar a construir mi propia casa, enlazada con el juego y la inocencia de la infancia, las distintas percepciones, la manera consternada de mirar a los otros.

Después, regresamos a la Ciudad de Buenos Aires. Una tarde jugábamos con un primo en las calles de la casa de mi bisabuela, espiábamos por las rendijas del portón verde del Olimpo(1), teniendo un conocimiento diferente sobre lo que sucedía, y desconociendo al mismo tiempo la exactitud de lo que ocurría en ese lugar. Mi primo temeroso me susurró al oído; “acá están matando a las personas”. En ese instante comprendí que mi conocimiento sobre la realidad estaba emparentado con el horror y la desesperación de ser apenas una niña ante situaciones terriblemente injustas.

La niñez transcurrió conjuntamente con el momento más aciago del país, por ende la construcción de este libro demandó un trabajo silencioso, donde fui hilando el pensamiento y la mirada translúcida de la infancia.
Recorrer esos túneles siempre es una cuestión de elección personal, la sensibilidad humana es complicada de codificar, para lo cual es necesario observar a cada persona como lo que es; un ser único, con un mundo único. El respeto y la verdad son valores indispensables para intentar comprender la heterogeneidad de la vida.
Siempre se trata de una elección personal. Una decisión que al abordarla puede entregarnos las llaves de lo profundo. Una decisión que si se evade nos condenará eternamente a permanecer en la comodidad de la superficie.


Valeria Zurano
Buenos Aires, Marzo de 2008.-


(1) "El Olimpo" fue un centro clandestino de detención ubicado al oeste de la ciudad de Buenos Aires, barrio de Vélez Sarsfield entre las calles Olivera, Ramón Falcón, Lacarra, Fernández y Rafaela. El centro tenía en la entrada un cartel que decía "Bienvenido al Olimpo de los Dioses. Los Centuriones". El centro sólo funcionó durante seis meses, desde agosto de 1978 a enero de 1979, sin embargo allí fueron alojados 700 detenidos de los cuales sobrevivieron solamente 50.

miércoles 27 de mayo de 2009

II Parte de El libro de las hormigas (textos seleccionados)


Los días y las mentiras necesarias




“En verdad, yo no quiero la dicha que se origina en la miseria. No quiero una riqueza que despoja a otro. Si mi ropa desnuda a otro, iré desnudo.”
André Gide



¿Acaso no veis cómo alguna de vuestras compañeras
queda agonizando en el camino?
El mismo camino que recorrimos juntas hace instantes
y que ahora también juntas nos lleva a la muerte.


Habremos de protegernos de la lluvia igual que Ellas
hundidas en sus galerías de tierra, recorriendo en silencio las cuevas.
Igual que Ellas, en un mundo ajeno, en el mundo de otros
relamiéndonos las patas, chocándonos los ojos
al abrigo de una organización con fines morales autodestructivos.


Adormecida en la pasión que carcome tus entrañas de extraña
Solitaria -te llamaron -para cubrirte con las ropas negras de viuda.
Me uno a tu luto mas no sé cómo abrigarte en la intemperie
y busco las huellas de tus pasos de gigante perdiéndose
en la senda natural de nuestras vidas
que fueron cruelmente separadas por las jerarquías de la razón.


Grandes columnas de multitudes me han arrastrado
no quería, te lo juro
pero después era tan simple, la inercia de la fuerza
la corriente a favor del gradiente
buscando el amanecer, peleando por el alimento
sumidos en días de permanente vigilia.


Era el castigo de completar para perder integridad
el espantoso recorrido de ir y venir por las galerías
sosteniendo la metáfora del gran secreto del mundo
cocidas unas a otras, unidas por el tórax
justificando la marcha sin motivo alguno.
Debemos perdernos para siempre
resignar la idea de los senos para que otros conozcan la dicha.


Hubiera querido decirte que el camino era el mismo
un camino natural, y tendría que haberlo sido
pero fuimos premiados, y vos ahí
vos; socavando hacia el centro de la tierra para proliferar
y yo acá; cada vez más en la superficie.

Me dio miedo ese universo impensado
esas maniobras programadas
para seguir perteneciendo a la gran comunidad.
Una metáfora podría salvarme y lo supe
la invención de un instante en este tiempo que está enteramente tomado.


He perseguido la astilla de un pétalo
que se perdía en los hombros de un desconocido
he soñado esas tardes calurosas de humedad
una nueva comuna de simples refugios
vislumbré recostada sobre una hoja
la realidad diminuta y microscópica
de una ciudad dentro de otra.


Caímos engañadas en esos brazos patriarcales
cuando aún larvas como duendes
vivíamos de la tierra fresca y húmeda
acunando nuestros sueños en los brazos de aquellas obreras
que resignaban sus vidas nunca por amor.


Una hormiga está destinada a no soñar
como muchos de nosotros
está destinada a no saber de sí misma
ha erradicar lo que en algún momento los sentidos evocan.
Las hormigas no hacen canciones
tampoco conocen la verdadera amenaza de los pasos sobre sus cabezas
una hormiga está destinada a no ser soñada jamás
como muchos de nosotros.


Me decías que arrastrara este cuerpo hacia la luz
más allá de las lúgubres galerías
que esperara tu diminuto secreto
a orillas del tronco de aquel árbol
prometiste cualidades de dioses
pero éramos la expresión más ínfima de la vida;
apenas una consecuencia.


Esta es la gran ciudad de la que hablabas
la urbe de los que son paridos en serie
la humanidad que te prodigaste
para alumbrarme hasta la puerta
y no pude creerte porque yo también decía lo mismo.


Después ya sabrás que aunque salga el sol y los brotes más tiernos asomen
ésos que resplandecen bajo la luz,
no deberás confiarte
y Ellas que son una, la que duerme debajo de todas
no dudará en el mandato de exterminar.


EL libro de las hormigas fue editado por Ediciones Cortina de humo, Chile, 2009.